9 de octubre de 2008

Sin deseos de revancha

A veces ayudo a Iván Aparicio en los temas de la Asociación de la Memoria Histórica. Uno de estos días pasados nos entrevistamos con una familia que busca a su padre, dos hijas y un yerno. Decían que de unos años a esta parte el nudo se iba deshaciendo, en especial desde que decidieron hablar, preguntar, averiguar. Venían de una ciudad de Castilla, donde residen, y traían datos que habían ido recogiendo a lo largo del tiempo.
Sentados ante un café, recordaron con precisión fotográfica –rozaban los ochenta años- la noche que fueron a buscar a su padre. A su madre, embarazada, con el largo camisón puesto. Su hermana y ella dormían en una cama, junto a la de los padres. Las últimas palabras del padre –nunca más volvieron a verle- tranquilizándolas, “no he hecho nada malo, no me pasará nada”. Después, silencio. En el pueblo, los falangistas, tal vez de nuevo cuño, les prohibían llevar luto, les impedían llorar, les amenazaban con tomar represalias sobre el resto de la familia si hablaban o denunciaban la desaparición del padre, que al otro día fue fusilado contra las tapias de un cementerio próximo a la ciudad de Soria.
No es igual leer esto que escucharlo de los labios de las hijas, convertidas en niñas por un corto espacio de tiempo.
Llevaban un documento –el primero que veíamos de esas características- fechado en 1983, en el cual, ante el secretario de la corporación del pueblo al que pertenecen, dos testigos juraban y daban los nombres de los dos falangistas que fueron a detener al padre. No se sabe si fueron los mismos que le mataron. Leí esos nombres y las miré, interrogante.
“No queremos venganza, ni que estos nombres aparezcan. Sólo queremos enterrarle dignamente y saber dónde llevarle flores”.

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