21 de octubre de 2008

Ahora sí, Señoría

Una vez leído y releído el Auto del juez Baltasar Garzón Real, una no puede comprender cómo alguien bien nacido puede oponerse a que se investiguen los hechos y, sobre todo, se busquen y dignifiquen los restos de tantas miles de personas que todavía permanecen en las cunetas.

La Historia no ha juzgado nada, señor Rodríguez Zapatero. Durante décadas, los libros de texto presentaban a Franco y sus adláteres como héroes que habían salvado a España de las hordas rojas. Su retrato, hasta 1975, presidía las escuelas. Se pasó de adorarle a dejar caer sobre su figura un manto de silencio. O sea, de creerle un invicto caudillo a no saber absolutamente nada de él. Por otro lado estos hechos tan sangrantes y sanguinarios no deben dejarse ni a la Justicia de Dios y a la de la Historia. Sería una burla para los que fueron fusilados, torturados y encarcelados, como para los hijos y nietos que todavía viven.

Acudir, además, a la Ley de Amnistía de 1977 es otra burda patraña. ¿Quién hizo esa Ley? ¿Por qué nadie se opuso a ella? Ni fue la generosidad de los vencidos, ni la voluntad –buena o mala- de los artífices. Nadie dijo nada porque el miedo nos tenía a todos cogidos por el cuello. Recién muerto Franco, con una Poder Judicial fascista y franquista, un ejército que ya demostró de lo que era capaz cinco años después, y una extrema derecha apoyada por todos los poderes ¿había alguien con reaños para oponerse a la dichosa Ley? No olvidemos los obreros muertos en manifestaciones en 1976, ni la matanza de Atocha, ni la intentona de golpe de Estado de 1981.

El Auto del juez Garzón dice: “Un examen imparcial y sereno de los hechos, nos lleva también a afirmar que al igual que los vencedores de la Guerra Civil aplicaron su derecho a los vencidos y desplegaron toda la acción del Estado para la localización, identificación y reparación de las víctimas caídas de la parte vencedora, no aconteció lo mismo respecto de los vencidos que además fueron perseguidos, encarcelados, desaparecidos y torturados por quienes habían quebrantado la legalidad vigente al alzarse en armas contra el Estado, llegando a aplicarles retroactivamente leyes tales como la Ley de Responsabilidades Políticas de 9 de Febrero de 1939, tanto durante la contienda, como después, en los años de posguerra, hasta 1952”.

Efectivamente, si unos están dignamente enterrados, los otros también deben de estarlo, no olvidemos que los sublevados contra un gobierno salido de las urnas, fueron ellos. Aunque, curiosamente, los fascistas no lo veían así, veamos las órdenes de urgencia de la Junta de Gobierno de 1936:

“Quedan depuestos de sus cargos, el Presidente de la República, el Presidente del Gobierno y todos los Señores Ministros, con los Subsecretarios, Directores Generales y Gobernadores Civiles. Todos ellos serán detenidos y presos por los agentes de la Autoridad como autores de los delitos de lesa patria, usurpación de Poder y alta traición a España”.

El juego sucio y sangriento –que no la lucha en las trincheras- queda perfectamente expuesto en los párrafos que siguen, recogidos por el juez Garzón en el Auto.

“En el primer momento y antes de que empiecen a hacerse efectivas las sanciones a que de lugar el bando de Estado de Guerra, deben consentirse ciertos tumultos a cargo de civiles armados para que se eliminen determinadas personalidades, se destruyan centros y organismos revolucionarios”.
“Es necesario propagar una imagen de terror (…) Cualquiera que sea, abierta o secretamente, defensor del Frente Popular debe ser fusilado”.

Pero el más execrable de todos los militares franquistas fue Queipo de Llano. Lástima que muriera tan pronto. Un asesino en toda regla, un psicópata integral. Porque a nadie con una moral medianamente humana se le hubiera ocurrido arengar de esta forma a los suyos:
Yo os autorizo a matar, como a un perro, a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros: Que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad.”
“¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré.”
“Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombre. De paso también a las mujeres de los rojos que ahora, por fin, han conocido hombre de verdad y no castrados milicianos. Dar patadas y berrear no las salvará.”
“Ya conocerán mi sistema: por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello; les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos, los volveré a matar.”

Muchos de los hijos y nietos de los asesinados durante 1936-1952 no se han atrevido todavía a leer estas palabras criminales. Es demasiado terrible saber que iban dirigidas a sus padres y abuelos, un sufrimiento añadido que no habrán querido tener que digerir.
El auto del juez Garzón sigue el razonamiento:

TERCERO.- “De lo dicho anteriormente y de los hechos que acontecieron posteriormente al 18 de Julio de 1936, se constata que el alzamiento o insurrección armada que se materializó en esa fecha, fue una decisión perfectamente planeada y dirigida a acabar con la forma de Gobierno de España, en ese momento, atacando y ordenando la detención e incluso la eliminación física de personas que ostentaban responsabilidades en los altos Organismos de la Nación y ello, como medio o al menos como paso indispensable para desarrollar y ejecutar las decisiones previamente adoptadas sobre la detención, tortura, desaparición forzada y eliminación física de miles de personas por motivos políticos e ideológicos, propiciando, asimismo, el desplazamiento y exilio de miles de personas, dentro y fuera del territorio nacional, situación que continuó, en mayor o menor medida, durante los años siguientes, una vez concluyó la Guerra Civil, y cuya realidad pretende concretarse en esta investigación, así como los autores, en cada caso, con el fin de individualizar las conductas y los responsables de las mismas, y resolver sobre la extinción de su posible responsabilidad penal, de haber fallecido.

En todo caso se hace necesario dar respuesta procesal a la acción iniciada porque sigue habiendo víctimas y su derecho exige emplear todos los medios precisos para satisfacerlo y, especialmente, para hacer cesar la comisión del delito y los efectos derivados del mismo que sólo tendrá lugar con la búsqueda y localización de los cuerpos de los desaparecidos, o cuando se ofrezca razón cierta sobre su paradero por parte de las autoridades públicas depositarias de esa información, decisión que deben tomar de oficio, sin necesidad de excitación de parte, al tener, en su caso, el control de esa información y por tratarse de delitos muy graves.

Quienes se alzaron o rebelaron contra el Gobierno legítimo y cometieron, por tanto, un delito contra la Constitución entonces vigente y contra los Altos Organismos de la Nación, indujeron y ordenaron las previas, simultáneas y posteriores matanzas, torturas y detenciones ilegales sistemáticas y generalizadas de los opositores políticos, y provocaron el exilio forzoso de miles de personas. A fecha de hoy se desconoce el paradero de miles de estos detenidos y, esa acción es precisamente la que determina que ahora se esté planteando la exigencia de responsabilidades en esta instancia”.

A esto no debe oponerse nadie. Lo han pedido al fiscal las víctimas. ¿Por qué no apoyan las víctimas de ETA a las otras? ¿Qué diferencia hay, si no es número de asesinados y torturados, multiplicado por miles?

Y que todavía haya que aguantar que Mayor Oreja defienda el franquismo.

18 de octubre de 2008

Cuando las fosas hablan

El pasado día 13 de octubre teníamos un trabajo especial que hacer. El día era precioso y muchos sorianos-y otros que nos visitan- lo dedicaban, como festivo que era en algunas comunidades, a buscar setas. Nosotros nos desplazábamos al Sur de la provincia con otra misión menos festiva, íbamos a intentar localizar unas fosas con fusilados en los primeros días de la Guerra Civil. Y situamos cuatro, nada menos. En ellas calculamos a unas treinta personas cubiertas por la tierra. Noventa y tres son las fosas relacionadas en la nunca bien ponderada publicación “La represión en Soria durante la Guerra Civil”, de Herrero/Hernández. Y, una a una, van coincidiendo con los datos de este libro, y lo que es peor, aparecen otras.
Las cuatro muestran apariencia similar. Están al borde de una carretera, hay desde ella un desnivel más o menos importante, y se encuentran relativamente cerca de un pueblo. Esta sistematización tenía su explicación. Evitaba a los asesinos adentrarse en el monte, con el consiguiente cansancio por verse obligados a caminar; el desnivel les permitía hacer descender a las víctimas mientras ellos disparaban acertando a conciencia desde arriba; y a la vuelta de los crímenes, tenían cerca un pueblo a cuyos habitantes encargar la inhumación, con expresiones tan horrendas como “enterradlos o dejadlos que los despiecen las fieras”. En los pueblos, las gentes con conciencia, les daban tierra, aunque no les conocían, pues era también habitual asesinarlos fuera de su lugar de residencia. A más de uno le tocaría después ser inhumado por otras almas generosas.
Nunca, transcurridos setenta y dos años, los que todavía viven han olvidado tanto horror. No lo dicen, pero se les nota en cómo miran fijamente el lugar, como se quedan ausentes reviviendo las imágenes. A algunos les tocó enterrar muertos con catorce años. Una señora recordaba una fosa, y ella lo presenció con seis años. Indicó, exactamente, el lugar donde están enterrados. Y rememoraba el carro donde ella viajaba, de Sigüenza a Barcones, los hombres que cortaron la carretera, los tiros escuchados… No era en el frente, se trataba de una cuneta.
Desde una de las fosas se ve el pueblo de La Riba de Escalote. El lugar ahora no se cultiva, desde que se cambiaron las yuntas por los tractores. Forma un pequeño circo y la hierba, crecida, parece querer decir algo. En otra, la hierba aún es más alta, doblada por la escasez de ganado. Allí fueron acribillados seis humildes segadores que llevaron desde Atauta, muy lejos de Barcones. Si hubieran levantado la vista, hubieran visto unos riscos redondeados, convertidos en colmenares, el más cercano a los crímenes, pequeño, rojizo como toda la tierra y la roca de la zona. Eso sí, primero, el cura, les ofreció confesión en una ermita cercana.
Alrededor de otra fosa, donde cayeron varios cenetistas, crecen espinos. El prado muestra una apariencia tranquila, dan ganas de sentarse a merendar, o a leer un libro. Y en la última que vimos, alguien recoloca de vez en cuando una cruz.
¡Qué hermosos parajes utilizaron! Esos fueron los últimos lugares que ellos vieron. Suponemos que ni asesinos ni asesinados se fijaron en los parajes, cada uno por motivos distintos. Los primeros porque una venda de odio irracional les tapaban todos los sentidos. Las víctimas porque tal vez el último pensamiento fuera para aquellos seres queridos a los que jamás iban a volver a ver. Aunque nunca se sabrá, pero acaso una fracción de segundo se fijaran en el entorno.
Pero a una se le encoge el corazón y tiene sensaciones encontradas. Por un lado el conocer en primera persona, de boca de los que presenciaron los hechos consumados, la salvajada cometida en esta provincia de Soria, el saber que cuando se excave van a aparecer personas cuyos familiares quieren exhumar para morir ellos tranquilos y poder llevar, tal vez, el primer y último ramo de flores de su vida a su padre, o su abuelo, u otro familiar. Y por otro el saber que algún día no lejano, esos familiares podrán llevar a cabo la ilusión de su vida.
En este país, hasta que todos los muertos de las cunetas estén en los cementerios, hasta ese momento, no se podrá vivir en paz de verdad. No hacen falta monumentos, ni nombres escritos en las paredes de las iglesias, ni grandes mausoleos. Sólo que cada familiar lleve los huesos a un lugar donde puedan llevarles flores.

9 de octubre de 2008

Sin deseos de revancha

A veces ayudo a Iván Aparicio en los temas de la Asociación de la Memoria Histórica. Uno de estos días pasados nos entrevistamos con una familia que busca a su padre, dos hijas y un yerno. Decían que de unos años a esta parte el nudo se iba deshaciendo, en especial desde que decidieron hablar, preguntar, averiguar. Venían de una ciudad de Castilla, donde residen, y traían datos que habían ido recogiendo a lo largo del tiempo.
Sentados ante un café, recordaron con precisión fotográfica –rozaban los ochenta años- la noche que fueron a buscar a su padre. A su madre, embarazada, con el largo camisón puesto. Su hermana y ella dormían en una cama, junto a la de los padres. Las últimas palabras del padre –nunca más volvieron a verle- tranquilizándolas, “no he hecho nada malo, no me pasará nada”. Después, silencio. En el pueblo, los falangistas, tal vez de nuevo cuño, les prohibían llevar luto, les impedían llorar, les amenazaban con tomar represalias sobre el resto de la familia si hablaban o denunciaban la desaparición del padre, que al otro día fue fusilado contra las tapias de un cementerio próximo a la ciudad de Soria.
No es igual leer esto que escucharlo de los labios de las hijas, convertidas en niñas por un corto espacio de tiempo.
Llevaban un documento –el primero que veíamos de esas características- fechado en 1983, en el cual, ante el secretario de la corporación del pueblo al que pertenecen, dos testigos juraban y daban los nombres de los dos falangistas que fueron a detener al padre. No se sabe si fueron los mismos que le mataron. Leí esos nombres y las miré, interrogante.
“No queremos venganza, ni que estos nombres aparezcan. Sólo queremos enterrarle dignamente y saber dónde llevarle flores”.