9 de noviembre de 2014

El testimonio de Ángela Fernández




La VIII Semana de la Memoria Histórica y los Derechos Humanos, se ha clausurado este año con más atención de público, si cabe, que en años anteriores. A ello ha contribuido la entrega de los restos hallados en la fosa de Barcones a los familiares, en un acto envuelto en el sentimiento más profundo, reservado durante muchos años para el día en que, si no Justicia, al menos tuvieran con ellos los restos de sus familiares y un lugar donde llevarles flores. Ya no llorarles más, porque lo han hecho durante mucho tiempo.
Durante varios días, en la Sala de Exposiciones del Palacio de la Audiencia, se ha podido visitar una exposición fotográfica centrada en la búsqueda de esa fosa de Barcones, organizada por Julián de la Mata y Susana Soria, donde han podido verse fotos verdaderamente impresionantes de todas aquellas jornadas.
La Semana ha estado dedicada a la activista Giulia Tamayo, peruana, fallecida a los 55 años a causa de la única batalla a la que no ha podido ganarle, un cáncer. Ella sacó a la luz la esterilización obligada de mujeres indígenas en Perú, durante el gobierno del corrupto Fujimori.

Quiero destacar un día de esta semana. No porque el resto no sea destacable, que lo es, si no porque quedé, junto con muchos de los asistentes, profundamente consternada por lo que allí se estaba narrando. Se trató de la intervención de Ángela Fernández, a quien debía acompañar Alicia García, pero a causa de una indisposición no le fue posible asistir.
Se habló esa tarde de unos centros denominados Preventorios, dependientes del entramado de Auxilio Social (que dirigía la viuda de Onésimo Redondo, Mercedes Sanz-Bachiller Izquierdo), a la vez dependiente de la Sección Femenina de la Falange. Concretamente, Ángela Fernández habló del de Guadarrama, donde ella y Alicia pasaron un tiempo.
En esos centros en teoría, y explicando el nombre, se trataba de prevenir la tuberculosis, aunque los niños y niñas que ingresaban en ellos estuvieran sanos a la hora de ingresar, y enfermos cuando les eran entregados a sus padres.
En esos centros ingresaban niños de izquierdas, de padres y madres derrotados, pobres por tanto, manejables, “culpables por estar y por ser”, según palabras de Ángela. Y allí eran sometidos a todo tipo de humillaciones, pasaron frío, ese frío que cala para siempre, insultos, golpes, comida infecta, lo que hace preguntarse ¿dónde iba el dinero que Franco dio a manos llenas para estas organizaciones?

Catorce mujeres se han presentado a la querella Argentina. Muchas, como Ángela y Alicia, recordarán para toda su vida los meses vividos allí. Unos centros que funcionaron a lo largo de treinta años (1945-1975) y que, entre otros motivos para su fundación estaba, sin que en la actualidad nos quede ninguna duda, el de adoctrinar a los hijos de los rojos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todavía hay quien quiere que estas cosas no se sepan hoy día. No se puede olvidar lo que no se ha conocido. Y el conocerlas, no hace daño a nadie que tenga la conciencia limpia.