29 de mayo de 2013

Barcones 25 de Mayo 2013. Los encontramos


Sábado 25 de mayo de 2013
Acudimos 4 voluntarios del equipo tres miembros de la Asociación, la Alcaldesa de Barcones, el teniente alcalde, cuatro o cinco personas más del pueblo y un familiar de Arsenio Martínez con un amigo
Quedamos a las 9 y media de la mañana en Barcones.
Nos dirigimos en primer lugar a uno de los dos prados donde podían estar las fosas. Hacemos dos catas perpendiculares a la elevación donde un barconense afirmó que se encontraban.
La aparición de una pesa de plomo del tamaño de una moneda de 5 pesetas por parte de un técnico de Aranzadi alertó de que los 6 de San Esteban podían estar en la otra finca. La que está nada más bajar el camino. La de siempre, “la del colmenar”.
La pesa se usaba en tiempos colocada en las esquinas inferiores delanteras de las chaquetas para estirar la ropa que no podía plancharse. Uno de los seis de San Esteban, el Concejal de Cultura Juan Pablo Rica, era sastre. Abandonamos la primera finca y empezamos a hacer la cata cerca del lugar de aparición del plomo.
 
Hicimos una tirada desde la zona donde encontramos el objeto, con especial atención en la zona donde había dos piedras señalando claramente algo, que posteriormente recordé que servirían para diferenciar la división entre la finca que pertenece a dos familias.
Revisamos la roca junto al colmenar buscando casquillos o evidencias de fusilamiento sin concluir nada claro.
Las catas eran de algo más de un metro, donde se situaba el nivel freático y el agua inundaba la base.
Pablo, el Teniente Alcalde, bajó con sus padres. Antes Pablo limitaba la fosa más arriba de la primera cata. En torno a la esquina del colmenar o bien a la derecha del camino si miramos desde abajo. Su madre tenía MUY CLARO, porque su suegro así lo afirmaba cuando bajaban las ovejas juntos, que estaban a la derecha del camino (siempre mirando desde abajo) al lado opuesto al colmenar. Junto a un gran espino.
Eran más de las 3 y media y un grupo fuimos a comer y a localizar a un hombre que había venido a trabajar al pueblo que tenía una máquina mayor, ideal para derribar la maleza.
El hombre resultó ser Luis, el maquinista de Caltojar que intervino en la búsqueda de Quirico Esteban. Y tras negociar con quien lo había contratado “nos lo dejó” una hora
Mientras tanto, Matías Bonilla Pérez, de 86 años acudía a Valdevelaza y daba una ubicación bastante exacta de donde debían estar enterrados los 10. Dice que lo vio de niño escondido en unos riscos.
Aparecieron los primeros restos: un fémur un humero y una mandíbula.
 
Posteriormente se delimitó la fosa, dejando la de los 6 de San Esteban para otro día sabiendo con seguridad que tenía que estar al lado.
Mientras se limpiaban los alrededores de la fosa volvió Matías quien poco después narraba el fusilamiento con ametralladora de las 11(según él) personas. Enterradas posteriormente en dos fosas de 5 y 6.
En sus declaraciones afirmó que les dispararon con una ametralladora desde arriba a las 2 o las 3 de la tarde [del 14 de agosto del 36]. Vinieron más de 20 personas. Una de las víctimas salió corriendo y a unos 30 metros “lo segó la ametralladora”.
Uno de ellos le intentó dar un reloj al cura para que se lo entregara a su mujer, pero el sacerdote declinó cogerlo porque no se podía hacer cargo de llevarlo a cabo.
A la pregunta de por qué los pudieron enterrar allí, responde que no lo sabe, que sería porque está escondido, era fácil de cavar y estaba al lado de la carretera.
Afirma que un “capitán, o general...” les dio el tiro de gracia con un pistolón. Eran falangistas, guardias civiles..”
Obligaron a dos del pueblo a cavar las tumbas.
Cuando el equipo de voluntarios de Aranzadi fije una fecha se exhumarán ambas fosas. Hay que tener en cuenta que vienen voluntariamente y, en estas ocasiones, no se puede “obligar” a nadie a acudir un día determinado a hacer un trabajo que no va a cobrar y habrá que esperar a que fijen una fecha.
Desde la Asociación debemos recaudar fondos para los gastos inevitables de comida, alojamiento, pruebas genéticas…
Después de 5 años de investigación y casi 77 de espera los hemos encontrado y van a volver a casa.
Matías Bonilla Pérez señala la ubicación de la segunda fosa

Blog Los 10 de Barcones y La Vara de la Libertad
Blog La Vara de la Libertad
 

14 de abril de 2012

Ya descansan en Torrellas



Convierte tu muro en un peldaño.
Rainer María Rilke


Todo comenzó hace 75 años. Como un cuento de terror, de sinrazón, de dictadura esquizofrénica que acaba, como decía Octavio Paz, en monólogo y mausoleo.
Sucedió igual en todo el mundo rural donde no había frentes de guerra, ni elementos rojos peligrosos –en el lenguaje de la época-, sólo parvos jornales, minifundio, muchos hijos, ración de rancho, habitaciones compartidas por varios hermanos, y mucha lucha para seguir adelante. No es palabrería, sabemos muy bien, porque conocemos el mundo rural, que eso era así. Los que luchaban, los propios jornaleros que se habían afiliado a algún sindicato, como la UGT o la CNT, lo hacían por proporcionar a todos los trabajadores una vida menos dura, unas horas menos de trabajo al día en detrimento de unos, pero a favor de otros, o sea, el reparto del trabajo, el socorro mutuo.
Eran de izquierdas, naturalmente, no cabía otra querencia política, pero creo a pies juntillas lo que un familiar ha dicho hoy en el homenaje, en la vida habían empuñado un arma, si acaso, digo yo, para cazar y aumentar con ello las proteínas necesarias para el sustento familiar.

Sucedió igual en todo el mundo rural. Con nocturnidad –“¿Qué quiere esta gente que llama de madrugada?”, canta María del Mar Bonet-, un grupo de personas, hombres, gentuza casi siempre con uniforme, boina y pistola, y de pueblos distintos, a veces lejanos de aquel donde se va a cometer  el crimen, va en busca del trabajador que durante los años de la República ha luchado por un mundo menos malo, o se ha destacado como miembro de la corporación, o ha votado a las izquierdas. Ellos, los matadores, sabían el sentido del voto de todos los vecinos, porque los votantes no se escondían, era una democracia, con todos los defectos que se quiera, pero democracia incipiente y quebrada prematuramente. Y si alguno, discretamente, no daba a conocer su voto, los lobos terribles, llegado el momento, lo denunciaban, cuando ya ellos, los lobos, habían decidido que era delito votar en el sentido contrario al Glorioso Alzamiento Nacional.
Delante de sus mujeres, de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos, se los llevaban, y casi siempre, como en esta zona de España refresca por la noche, la solícita madre o mujer les pedía un momento para acercarles una chaqueta, y ellos, henchidos a veces de anís, o de vino, crueles hasta en los nimios detalles, respondían igual: “No le va a hacer falta”. Tremenda frase que daba la magnitud de lo que iba a suceder, todo lo contrario de lo que practicaba ese buen funcionario que hubo en la cárcel de El Burgo de Osma (a quien, por lo que se deduce de la documentación, le hacían romper las órdenes de saca y él las copiaba antes), quien trataba de tranquilizar a los que iban a ser trasladados, dándoles la mano, uno a uno, con un apretón santo y seña de que podían ir tranquilos.

Los mataban en un monte, en un descampado, en las tapias de algún cementerio, y los dejaban allí como no se hace con los animales, sin que en ningún momento algún matador llegara a pensar que esos cuerpos a los que disparaban eran un mundo cada uno de ellos, un mundo repleto de todo, y que esa plenitud la componían muchas personas, la seguirían varias generaciones, todos aquellos que no preguntan por quién doblan las campanas, porque saben que, como parte de la humanidad, doblan por todos.
Así sucedió también, hace más de setenta y cinco años, con unos hombres buenos y trabajadores de Torrellas, pequeña localidad zaragozana, en la linde con Soria.
Mataron a Luis Torres, Marcelino Navarro, Gregorio Torres y Feliciano Lapuente. Y desde entonces, la vida de las familias ha estado marcada por ese hecho. En los pueblos grandes –por ejemplo en Deza (Soria)- donde había fuerzas que vigilaban estrechamente, no se podía llorar a los muertos, no se podía vestir luto. Dicen que los niños son crueles, pienso que esas criaturas que apedreaban a otras, a los hijos de los fusilados, en el recreo o por las calles, lo harían influenciados por la educación que recibían en casa, por lo escuchado delante de la lumbre baja, que tanto ha servido para contar hermosas historias, como para quebrar conciencias o denostar a familias. Recuérdese, si no, la película de José Luis Cuerda “La lengua de las mariposas”.
Pero estas familias, que habrán caminado por la vida con la sombra de la tragedia, no se han olvidado nunca de sus familiares. Sabían dónde estaban, en una parte del cementerio de Ágreda –esas que reservaba la Iglesia para niños sin bautizar, suicidas y rojos-, donde en cuanto les era posible iban a dejar unas flores, y la señora Conce, de Ágreda, familiar también de fusilado, los miraba, medio escondida, desde una ventana que daba a ese espacio que más tarde quisieron –creo que lo hicieron- utilizar de basurero. Menos mal que esa basura no era más que cascotes de las obras en los mausoleos y flores secas de otras tumbas.
En octubre de 2010 se llevó a cabo la exhumación. La Asociación de la Memoria Histórica de Soria, con un incansable y nunca bien ponderado Iván Aparicio a la cabeza, organizó y apoyó. Los encargados de llevarla a cabo y hacer el posterior estudio, fueron miembros de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con Francisco Etxebarria a la cabeza, una Sociedad y un Etxebarria a quienes nunca se les agradecerá bastante el trabajo que están haciendo, por cierto, completamente desinteresado. La Sociedad Aranzadi, que nació a mediados del siglo pasado, y que ha contado entre sus mentores a personas de la talla del padre Barandiarán, nació para el estudio y divulgación de la Ciencias Naturales y la Antropología. Curiosamente sólo tiene dos premios, y ambos de instituciones del País Vasco. No sé si a algún prócer se le habrá ocurrido que tienen bien merecidos muchos premios nacionales, entre ellos el Príncipe de Asturias, en el caso de que lo quisieran, que esa es otra. Se buscaba también a tres vecinos de Vierlas y San Martín, que no fueron localizados, y a dos aviadores republicanos, Antonio Soto y Luis Gil.
El 14 de abril de 2012, día en que se conmemora la proclamación de la II República Española, en el pequeño pueblo de Torrellas, ha tenido lugar un acto ajeno a cualquier sensiblería y pleno de emoción, una emoción colectiva donde no ha tenido cabida ningún sentimiento de venganza ni de revancha. Estén tranquilos aquellos que niegan apoyos y solidaridad hacia estos actos, con el argumento rancio de que abre heridas. Precisamente todo lo contrario, las heridas permanecen abiertas hasta que el ciclo se cierra, después duelen, pero ya no sangran. Y hoy el ciclo se ha cerrado.
Han hablado familiares de los fusilados, cuyos restos han presidido toda la ceremonia, en cuatro cajas idénticas, pequeñas, cubiertas por idénticos ramos de flores. Han hablado, también, Francisco Etxebarria, Iván Aparicio y María Pilar Pérez Lapuente, ejemplar alcaldesa de Torrellas, que no sólo ha dado todo tipo de facilidades, si no que se ha implicado estrechamente en todo el proceso. Especialmente emocionante fue la carta leída a su padre por la hija de Feliciano Lapuente quien, por fin, ha visto cumplido el deseo que ha impregnado toda su larga vida: ver a su padre enterrado en el cementerio de Torrellas. Y la intervención de una sobrina-nieta de Marcelino Navarro, fusilado cuando contaba 17 años.

Las intervenciones han sido cortas, intensas y emocionantes, como digo más arriba, sin rencor y sin odio, y como no podía ser de otra manera, se ha hablado de dignidad, verdad, justicia, reparación, se ha escuchado un “hermanos, no pasarán”, y algunos vivas a la República.
Los intermedios han estado llenos con la música del cuarteto de cuerda del Conservatorio de Tarazona que han interpretado el himno de la República y la Barcarola, de Offenbach, entre otros. Se ha escuchado la Internacional y después, al terminar la inauguración del Parque de la Memoria, agradable espacio dedicado a ellos, a los protagonistas del acto, se ha entonado el “Canto a la libertad”, del zaragozano Labordeta.
Desde aquí, gracias a todos los familiares por vuestro ejemplo y vuestra dignidad, y muchas felicidades porque habéis conseguido aquello por lo que habéis luchado durante tantos años.

19 de enero de 2012

Valentín Cabrero Urzain



Hace ya algunos días que falleció Valentín Cabrera Urzain. Por esos azares de la vida, que nunca deberían darse, Valentín estuvo toda su vida vinculado a las tierras de Soria de una manera dramática. Su padre, Antonio Cabrero Santamaría, alcalde de Pitillas, en Navarra, fue asesinado, junto con el maestro de Fitero, Valentín Llorente Benito, en la aldea de Fuentebella, pueblo ya abandonado de la comarca de Tierras Altas.
Fue, para la mayoría, un episodio más de la guerra fratricida que dividió a los españoles. Para Valentín y su familia, sería el episodio que marcaría para siempre sus vidas y les indicaría el camino a seguir, por encima de la existencia de cada cual, fluctuando siempre sobre su cabeza y marcando los corazones. Un sin vivir que a la vez les empujaba a hacerlo, un camino que debía dirigirles hacia la verdad de lo sucedido y, a poder ser, la recuperación de unos restos. Un drama que han vivido, y en muchos casos siguen viviendo, cientos de familias de estas tierras sorianas, y miles en todo el territorio español. Un drama que, no se alcanza bien a comprender por qué, no provoca toda la empatía y toda la solidaridad necesaria, y se recurre con frecuencia a la invocación del olvido, como si esa facultad nos viniera ya en los genes. ¿Por qué han de olvidar las familias?, y ¿cómo hacerlo?
Valentín no pudo olvidar nunca, y sus hijos tampoco. Con Ander y Maite a la cabeza, durante años, cuando ya se pudo acceder a archivos, o requerir información a los descendientes de aquellos habitantes de Fuentebella y Acrijos, lo hicieron. Pero los asesinatos con nocturnidad no quedan registrados en los papeles. De aquellos años muchos querrían borrarlo todo, y en muchos casos, no porque la conciencia se les haya conmovido –habrá otros que sí- si no porque, humanos al fin y al cabo, los temores a ser descubiertos forman parte también de esa humanidad, por malvada que sea.
Antonio Cabrero y Valentín Llorente se vieron obligados a esconderse como los animales de unos congéneres suyos que les buscaban para cazarles como tales. Hasta que lo consiguieron. No cabe mayor iniquidad. Pero así fue en tantos casos, en demasiados. Los caínes del mundo que han sido, son y serán, no entienden de sentimientos buenos, de los malos andan sobrados, y Antonio y Valentín morirían pensando qué era eso tan malo que les conducía hacia la nada.
Ahora otro Valentín, Valentín Cabrero, ha muerto sin haber podido recuperar los restos de su padre, un hombre valiente que luchó por los derechos de los más desfavorecidos en contra de la soberbia de los caciques malos –buenos los había en tribus lejanas-. Lucha imposible que Valentín no llegó a comprender. Nunca el pobre, el desheredado, gana al rico y prepotente. Si acaso se van conquistando pequeñas parcelas que nos pertenecen por el hecho de estar aquí. Por eso las guerras.
Ander y Maite seguirán la lucha, seguirán buscando, esparcirán las cenizas de Valentín Cabrero en los barrancos de Fuentebella, pondrán flores sobre la placa que ya le colocaron. Pequeños gestos para aliviar el dolor, mientras llega, si es que llega, la Justicia y la Reparación.
Más que nunca desear a Valentín Cabrero la paz en la nada que no llegó a alcanzar en la tierra. Y todo el oprobio para aquellos que frenan la necesidad de esa Justicia que sería lo único que podría tranquilizar a los descendientes de todas aquellas personas. El olvido no, eso nunca, primero porque es imposible, y después porque el olvido que practican los responsables de aquel genocidio, es un intento de quitar a los asesinados y a sus familias la dignidad que ellos ni conocen ni merecen.

18 de julio de 2010

Valentín y Antonio


Setenta y cuatro años después de que Valentín Llorente Benito y Antonio Cabrero Santamaría fueran asesinados en unos barrancos de la Sierra de la Alcarama, concretamente en Fuentebella, sus familiares, con el hijo y los nietos de Antonio al frente, han dignificado su memoria. Un recuerdo que siempre ha sido dignísimo para ellos, pero que era necesario escenificar porque son tantos todavía los que pretenden que los hechos ocurridos en la Guerra Civil se silencien, que desean que los muertos sigan en las cunetas, que se hace preciso este tipo de actos, entre familiares y públicos, a fin de que nadie olvide, no ya la barbarie, sino a los muertos por la libertad que duermen lejos de sus familias.
Fue el primer sábado de julio cuando acudieron al alto del barranco donde fueron asesinados para colocar un monolito y recordarles. Sus restos, de momento, no han aparecido, pero siguen por allí, donde manos piadosas les dieron tierra, después de que otras criminales les dispararan.
Han sido muchos años de investigación en los cuales Ander, el nieto de Antonio Cabrero, y Maite, su compañera, han recogido datos inestimables que han conducido a resultados estremecedores. Tanto, como los que corresponden a los cientos de historias de sorianos que corrieron la misma suerte en aquellos aciagos años de 1936 y 1937, especialmente.

El asesinato de estos dos hombres navarros en tierras sorianas fue un secreto a voces durante demasiado tiempo, porque contar la verdad, lo que se dice hablar sin tapujos sobre estos temas, aún a día de hoy cuesta trabajo hacerlo. Los ancianos siguen teniendo miedo y los jóvenes no pueden saber si ellos no hablan. Nada está en los papeles, todo se halla en la memoria y esta a veces se pierde o se bloquea.
En esta ocasión ha sido el trabajo sin desmayo de las familias lo que ha hecho posible este homenaje que, al menos, les ha reconfortado, aunque las heridas sigan abiertas hasta que sus restos puedan ser inhumados cerca de la familia. Porque allí estaban, además de las familias, miembros de las asociaciones para la recuperación de la Memoria Histórica, descendientes de vecinos que vivieron los hechos, escritores, y personas que querían apoyar a Ander y Maite, el hijo de Antonio Cabrero no puedo acudir por encontrarse enfermo.
Se recitaron poemas, hablaron los que quisieron hacerlo, se depositaron flores y un aurrezku emocionante y emocionado, todo ello en honor de Antonio y Valentín. Y allí en el alto del barranco, queda colocado un monolito de roca, para recuerdo permanente de los dos republicanos que murieron con 32 y 22 años.
Nosotras nos unimos a ese homenaje.
Para más información: lavaradelalibertad.blogspot.com

30 de junio de 2010

El 3 de Julio, cerca de Fuentebella


El sábado 3 de julio, tendrá lugar la colocación de un monolito en honor de dos fusilados al comienzo de la guerra civil española, ante la imposibilidad, hasta la fecha, de haber localizado sus cuerpos.
Se trata de Valeriano Antonio Cabrero Santamaría, nacido en Pontano (Huesca), alcalde que fue de la localidad navarra de Pitillas, y Valentín Llorente Benito, natural de Igea y maestro en Fitero, también de Navarra.
Fue en el año 2005 cuando los familiares, con los nietos Ander y su compañera Maite al frente, supieron que el asesinato había sido en Fuentebella. Antonio Cabrero conocía a dos pastores de Acrijos que acudían a Pitillas con el ganado, y en busca de ellos fue. En la huida se le uniría Valentín. Estuvieron escondidos en una taina del monte de Acrijos, donde algunos les llevaban la comida que podían y las noticias que sabían. Pero es difícil en comunidades pequeñas mantener cosa alguna oculta. Tuvieron que marchar al monte de Fuentebella, les buscaron, obligaron a la gente a que les dijeran el escondite, y el 3 de septiembre de 1936 fueron asesinados e inhumados juntos.
Ahora, a poca distancia de Sarnago, coronando el barranco donde yacen para siempre, será colocado un monolito con los nombres de las dos víctimas.
En nuestro blog:
1936, Fusilamientos entre Fuentebella y Sarnago
Sucedió en Fuentebella y toda Soria


El Sábado 3 de julio la Asociación Recuerdo y Dignidad junto a la Asociación Ahaztuak y Asociación La Barranca vamos a celebrar un homenaje y a descubrir un pequeño monolito en recuerdo de Antonio Cabrero y Valentín Llorente, en el término municipal del despoblado de Fuentebella(San Pedro Manrique).Valentín Llorente era igeano(Navarra) y maestro en Fitero(Na) y Antonio Cabrero era Alcalde de Pitillas(Na). Se puede encontrar toda la información sobre estos republicanos asesinados en el 36 en:http://lavaradelalibertad.blogspot.com/
La colocación del monolito cuenta con la autorización de la Junta de Castilla y León y del Ayuntamiento de San Pedro Manrique. Agradecemos a ambas instituciones la celeridad en la resolución de los trámites(el hijo del alcalde se encuentra en un estado de salud delicado) y el interés mostrado.
Va a ser un día muy emotivo y muy importante. Vamos a recuperar del olvido con un monolito que presida la Sierra de la Alcarama la memoria de Antonio y Valentín. Su historia es ejemplar, Antonio liberó unas tierras que pertenecían al comunal del pueblo, de las manos de los caciques. Valentín, enseño"las cuentas" a los cabreros que les protegían... El día va a ser muy bonito : con gaitas, musica, poesía ... Es un día muy importante, vamos a hacer justicia. Está invitado todo el mundo. Queremos un acto conciliador y cercano.
Estamos colgando una serie de videos en youtube:
Invitación:
http://www.youtube.com/watch?v=Goomt0sepEs&feature=related
Jota dedicada a Antonio Cabrero:http://www.youtube.com/watch?v=6stbXto4q3A&feature=related
Colocación del monolito:http://www.youtube.com/watch?v=NqhqAyzrfWY&feature=related
Podeis encontrar un amplio dossier fotográfico de los preparativos del monolito en:http://picasaweb.google.es/112894142437275265190/MonolitoEnLaAlcarama?feat=email# (Fotografía:Iván Aparicio)
Más información: Iván Aparicio García687 592 975 605 577 484

4 de julio de 2009

Sin derecho a tumbas

Tumbas

Algunas veces subo hasta El Espino
y en las tumbas amadas, de rodillas,
rezo un momento y pongo florecillas
cogidas por el borde del camino

¡yacen tantos aquí, bajo estos cielos!
dulces amigos de mi edad primera
que no me importa corta o larga espera
si sé que al fin tierra tendré con ellos

Pero no me acongojan estos muertos
Adolfo, Blas, Aurelio, Justo, Juan
Alfredo y tantos otros, porque están
siempre de llanto, rezo y flor cubiertos

duélenme aquellos cuya sombra yerra
por los barrancos y los montes fríos
o por los arenales de los ríos
o en tierra amarga porque no es su tierra

Duélenme aquellos que el silencio esconde
aquellos que la muerte fue arrastrando
dándoles dura tierra sin su cuando
después de triste muerte sin su donde

¡Señor! Pues tú trazaste su camino
en esas pobres tumbas ignoradas
haz nacer florecillas perfumadas
como estas que yo pongo en El Espino.

Virgilio Soria. 1939


A fin de recopilar datos sobre un aspecto concreto de la Guerra Civil en Soria, he estado mirando bastantes ejemplares del periódico LABOR, órgano de FET y JONS, editado en Soria. Aunque no venga al caso con el comentario, algo –entre mucho- que llama la atención, son las continuas noticias relacionadas con Hitler, tipo “El Führer con los chiquillos”, además del estilo propio de Falange, después heredado por el Movimiento.

Aparecen también los juicios sumarísimos que se van haciendo a los “rojos”, a medida que se conquista territorio, y posterior fusilamiento. Naturalmente, no aparece ningún juicio a los falangistas y similares, que sacaron de sus casas a hombres y mujeres, les pegaron cuatro tiros y les dejaron tirados como a perros. Es necesario tener el estómago en perfecto estado de revista, pero una se mete en investigaciones que no sabe dónde van a llevarla, y sigue en ellas porque ya resulta difícil parar.

El comentario de hoy está relacionado con el trato dado a los muertos del Alzamiento/Movimiento, todos, al parecer, pertenecientes al que sería después partido único, la Falange, según el periódico LABOR.

La sección “Héroes de España” estaba encabezada con un ¡¡PRESENTES!! Y a continuación mostraban las fotos de los jóvenes fallecidos en la lucha, de paisano, las características: edad, procedencia, etc., y cerraba la columna un ¡¡IN PACE!! Otra sección, de ese día o del siguiente, se encargaba de hacer el panegírico del fallecido y de transmitir las condolencias a la familia. Se cerraba con un Arriba España. Viva Franco. En uno de esos dos números, aparecía la esquela. Y en otro, pasados algunos días, las misas que en cada pueblo o en la iglesia de la capital que correspondiera, se celebraba con asistencia de jefes falangistas, autoridades y, por supuesto y sin que pudiera ser de otra forma, de todo el pueblo o barrio. En ellas, el sacerdote, desde el púlpito, volvía a hacer un panegírico del fallecido y, de paso, arremetía contra los “rojos”. A la salida, con fervor, se entonaban himnos, se saludaba brazo en alto y se daban vivas a los divino y lo humano, más a lo primero, si tenemos en cuenta que por las fechas, Franco se encontraba en ese apartado. Al año siguiente se repetía la ceremonia, toda la ceremonia. A todo esto, habría que añadir las lápidas en las fachadas o en el interior de las iglesias, con sus nombres grabados a fuego.

Todos homenajes me parecen bien. Todo es poco para unos jóvenes que, probablemente sin ideología, les tocó ir a defender los caprichos y el anhelo de poder y gloria de unos militares botazas y zafios y de una oligarquía sedienta de dinero. Unas muertes de muchachos, entre los 18 y los 24 años, tan injusta como cabreante.

Pero al ver todos estos homenajes se apodera de una la rabia y la impotencia del agravio comparativo. Una humillación, un ultraje, que todavía, más de setenta años después, herederos de esa oligarquía en muchos casos, luchan para que se perpetúe.

¿Cómo es posible, que a día de hoy, una parte de la ciudadanía, que sabe perfectamente lo que sucedió, que sabe que esta España nuestra está sembrada de fosas, se niegue a que los restos sean exhumados? Esto no cabe en ninguna cabeza de bien nacido. Si los que cometieron aquellos asesinatos fueron unos hijos de la gran chingada, salvajes, crueles y desalmados, los que, solicitándolo la familia, se oponen a que compartan un poco, sólo un poco, de los homenajes que otros recibieron, pudiendo reposar en paz junto a la familia, estos, no le van a la zaga.

18 de octubre de 2008

Cuando las fosas hablan

El pasado día 13 de octubre teníamos un trabajo especial que hacer. El día era precioso y muchos sorianos-y otros que nos visitan- lo dedicaban, como festivo que era en algunas comunidades, a buscar setas. Nosotros nos desplazábamos al Sur de la provincia con otra misión menos festiva, íbamos a intentar localizar unas fosas con fusilados en los primeros días de la Guerra Civil. Y situamos cuatro, nada menos. En ellas calculamos a unas treinta personas cubiertas por la tierra. Noventa y tres son las fosas relacionadas en la nunca bien ponderada publicación “La represión en Soria durante la Guerra Civil”, de Herrero/Hernández. Y, una a una, van coincidiendo con los datos de este libro, y lo que es peor, aparecen otras.
Las cuatro muestran apariencia similar. Están al borde de una carretera, hay desde ella un desnivel más o menos importante, y se encuentran relativamente cerca de un pueblo. Esta sistematización tenía su explicación. Evitaba a los asesinos adentrarse en el monte, con el consiguiente cansancio por verse obligados a caminar; el desnivel les permitía hacer descender a las víctimas mientras ellos disparaban acertando a conciencia desde arriba; y a la vuelta de los crímenes, tenían cerca un pueblo a cuyos habitantes encargar la inhumación, con expresiones tan horrendas como “enterradlos o dejadlos que los despiecen las fieras”. En los pueblos, las gentes con conciencia, les daban tierra, aunque no les conocían, pues era también habitual asesinarlos fuera de su lugar de residencia. A más de uno le tocaría después ser inhumado por otras almas generosas.
Nunca, transcurridos setenta y dos años, los que todavía viven han olvidado tanto horror. No lo dicen, pero se les nota en cómo miran fijamente el lugar, como se quedan ausentes reviviendo las imágenes. A algunos les tocó enterrar muertos con catorce años. Una señora recordaba una fosa, y ella lo presenció con seis años. Indicó, exactamente, el lugar donde están enterrados. Y rememoraba el carro donde ella viajaba, de Sigüenza a Barcones, los hombres que cortaron la carretera, los tiros escuchados… No era en el frente, se trataba de una cuneta.
Desde una de las fosas se ve el pueblo de La Riba de Escalote. El lugar ahora no se cultiva, desde que se cambiaron las yuntas por los tractores. Forma un pequeño circo y la hierba, crecida, parece querer decir algo. En otra, la hierba aún es más alta, doblada por la escasez de ganado. Allí fueron acribillados seis humildes segadores que llevaron desde Atauta, muy lejos de Barcones. Si hubieran levantado la vista, hubieran visto unos riscos redondeados, convertidos en colmenares, el más cercano a los crímenes, pequeño, rojizo como toda la tierra y la roca de la zona. Eso sí, primero, el cura, les ofreció confesión en una ermita cercana.
Alrededor de otra fosa, donde cayeron varios cenetistas, crecen espinos. El prado muestra una apariencia tranquila, dan ganas de sentarse a merendar, o a leer un libro. Y en la última que vimos, alguien recoloca de vez en cuando una cruz.
¡Qué hermosos parajes utilizaron! Esos fueron los últimos lugares que ellos vieron. Suponemos que ni asesinos ni asesinados se fijaron en los parajes, cada uno por motivos distintos. Los primeros porque una venda de odio irracional les tapaban todos los sentidos. Las víctimas porque tal vez el último pensamiento fuera para aquellos seres queridos a los que jamás iban a volver a ver. Aunque nunca se sabrá, pero acaso una fracción de segundo se fijaran en el entorno.
Pero a una se le encoge el corazón y tiene sensaciones encontradas. Por un lado el conocer en primera persona, de boca de los que presenciaron los hechos consumados, la salvajada cometida en esta provincia de Soria, el saber que cuando se excave van a aparecer personas cuyos familiares quieren exhumar para morir ellos tranquilos y poder llevar, tal vez, el primer y último ramo de flores de su vida a su padre, o su abuelo, u otro familiar. Y por otro el saber que algún día no lejano, esos familiares podrán llevar a cabo la ilusión de su vida.
En este país, hasta que todos los muertos de las cunetas estén en los cementerios, hasta ese momento, no se podrá vivir en paz de verdad. No hacen falta monumentos, ni nombres escritos en las paredes de las iglesias, ni grandes mausoleos. Sólo que cada familiar lleve los huesos a un lugar donde puedan llevarles flores.

5 de noviembre de 2007

Sucedió en Fuentebella y en toda Soria

El tema de la barbarie cometida los primeros días después del 18 de julio de 1936, y la represión de los años franquistas, en especial los inmediatamente posteriores a 1939, ha supuesto para muchas personas motivo de reflexión, investigación y, sobre todo, de rabia e impotencia. Unos sentimientos que, en mí, se acrecentaron después de leer la publicación de Gregorio Herrero y Antonio Hernández “La represión en Soria durante la Guerra Civil”, el trabajo más valiente y comprometido dado a conocer en Soria, más si se tiene en cuenta que habían pasado pocos años desde la muerte del dictador Franco.
Algunos grupos políticos, determinadas personas, gente que vivió el horror de aquellos años, algunos con verdaderos deseos de olvidar, los medios de comunicación en general, tratan los hechos ocurridos durante la Guerra Civil de manera global, contando los muertos por encima y los hechos de manera distante. Desde una perspectiva acorde con la velocidad de la vida esto resulta lógico, no se puede estar constantemente volviendo atrás. Ensayistas ahondan en esos años analizando las causas que llevaron al golpe de Estado, y la guerra como una contienda más, un prolegómeno de lo que iba a ser la Segunda Guerra Mundial. La pregunta es ¿por qué no nos detuvimos hace ya muchos años y se investigó a fondo, no ya la guerra, sino la represión fuera de las trincheras y durante los primeros años del franquismo? Eso sí hubiera podido cerrar las heridas.

Es ahora cuando los jóvenes se están dando cuenta de lo que significó aquella contienda y, sobre todo, la represión previa y posterior a ella. Por eso no es extraño que asociaciones en pro de la Memoria Histórica, estén compuestas por jóvenes, como Iván Aparicio en la de Soria, que no la sufrieron, que no hubo muerte ni desaparición entre los miembros de la familia, pero que comprenden lo terrible de lo sucedido.

Es ahora cuando, pasado el letargo impuesto, desaparecido el miedo que ha sellado bocas, aparece, por ejemplo, un artículo a toda página en el periódico La Razón, dando a conocer una carta donde se explica la muerte de Federico García Lorca, y se sabe, de paso, que el ensayista Fernández Almagro –a cuyos trabajos todos habremos acudido alguna vez- escribió en 1939 una artículo titulado “La Genealogía de los rojos”, llamándoles criminales sedientos de sangre y otras lindezas.

Cuando cualquier investigador acude a los archivos, a las familias de los represaliados, y se olvida de lo global para adentrarse en el drama particular, lo que sucedió aquellos años adquiere una dimensión humana inolvidable.

Durante este verano de 2007, he llevado a cabo por encargo un trabajo en algunos archivos y registros, precisamente sobre asesinados a partir del 18 de julio. Hablo conscientemente de asesinatos porque ninguno de ellos murió luchando en las trincheras. He podido comprobar de primera mano cómo daban forma legal a algunas de sus actuaciones, de qué forma tan cínica, por lo que resulta fácil suponer qué hicieron cuando no tenían obligación de dejar constancia.

En Almazán, por ejemplo, en el acta del Ayuntamiento inmediatamente posterior al golpe de Estado, escriben: Tomada la palabra por el capitán [de la Guardia Civil, Pedro Sanz de Sicilia y Morales] manifestó que una vez declarado el estado de guerra y por consiguiente asumidas por él las atribuciones superiores en la población, había aceptado la dimisión que de sus cargos de concejales le habían presentado los presentes juntamente con el alcalde que constituyen el Ayuntamiento, [se sabe que no hubo tal, que fueron destituidos] y en vista de lo cual y habiendo puesto el hecho en conocimiento del Gobierno Militar de la provincia, había obtenido de él las atribuciones y órdenes para nombrar en esta misma noche totalmente nuevo ayuntamiento, compuesto por el mismo número de concejales, los cuales fuesen personas de orden, de prestigio, honorabilidad y alejados de las luchas políticas, para responder de ese modo con su noble actuación a la pacificación del vecindario, al levantamiento de los espíritus, y a la vez cooperen con todo su esfuerzo al engrandecimiento de nuestra Patria en el glorioso Movimiento Nacional que el Ejército principalmente ha emprendido y está próximo a terminar felizmente para reconquistar España.


No contentos con hacerles dejar sus cargos, a muchos de ellos les asesinaron. Cuando se acude al Registro Civil, en las causas de la muerte, casi siempre puede leerse: “a causa de la lucha nacional contra el marxismo”. Estos apuntes oficiales sólo se practicaban a petición de los familiares, a veces meses e incluso años después de haber muerto. Esta lucha nacional contra el marxismo se practicaba en barrancos, cunetas y tapias de cementerios, donde eran trasladados en furgonetas o camiones, después de haberles sacados de sus casas y allí, desarmados, se les fusilaba. Después de 1939 hubo juicios, algunos sumarísimos, y el resultado era el mismo. Acabo de ver por tercera vez “Vientos del pueblo. Miguel Hernández”, donde se refleja muy bien esta situación carcelaria previa a los juicios, convirtiendo la película en un documento.

¿Qué hicieron estos hombres y mujeres asesinados en el monte, en las cunetas, en los barrancos? Unos eran alcaldes y concejales salidos de las urnas que trataban de luchar contra el caciquismo y contra los terratenientes. Otros eran personas ilustradas –médicos, abogados, veterinarios, maestros- que pretendían formar a las personas de forma y manera que no pudieran ser explotadas, o sencillamente, tal y como el Gobierno de la República, también salido de las urnas, indicaba que debía hacerse. Muchos eran, sencillamente, ciudadanos más o menos prósperos, que habían suscitado la envidia de sus convecinos. Otros empleados, trabajadores afiliados a la UGT o a la CNT, ferroviarios, empleados de Correos, guardas de montes. Que se sepa, nadie quemó iglesia alguna, ni violaron monjas, ni pasearon a sacerdotes.

Unos días antes de venir a pasar unos meses a Creixell, estuve hablando con Claudio Moreno, un anciano a quien le tocó enterrar a cuatro asesinados en Adradas. Él tenía entonces doce años y setenta y un años después, recuerda perfectamente en la posición que quedaron los cuatro. Uno de ellos era el alcalde de Iruecha; otro, supuestamente, el médico de Arcos de Jalón; un tercero el maestro de Aguaviva; y el último el hijo de un sillero de Arcos. A pesar de haber leído tanto, de haber visto muchos documentos, el relato de Claudio dejaba una honda impresión. Existen personas que nunca nos acostumbraremos a escuchar lo que sucedió durante aquellos años. Claudio recuerda que los inhumaron en el camino de Alcubilla, en un estrecho del monte. También rememora que el alcalde de Iruecha tenía el pelo rizado y llevaba un traje gris y un reloj. El maestro de Aguaviva era fuerte y llevaba una chaqueta marrón. Otro también llevaba un reloj. Saturio, el caminero, los vio bajar de la furgoneta, corrió a esconderse y escuchó los tiros. Cuando les enterraron, el alcalde de Adradas dijo que los relojes podían subastarlos, pero que la ropa se la dejaran pues era lo único que iban a llevarse al otro mundo. El hombre que le tocó en suerte el reloj del alcalde de Iruecha, lo devolvió a su hijo, muchos años después, a petición de él, explicándole cómo llegó a sus manos. Otros tres asesinatos recuerda Claudio, el de un matrimonio y su hija, una moza de veinte años, que mataron “arriba”.

En el libro de “La represión en Soria durante la Guerra Civil”, Herrero y Hernández relata, de primera mano, hechos terribles. En Arcos de Jalón todavía no ha podido saberse cuántos fueron asesinados. En esa villa vivía un importante grupo de empleados de RENFE que fueron pasados por los fusiles.
Dr. Gaya
En Deza fueron diecisiete los fusilados, entre ellos, agricultores, un sastre, un obrero agrícola, un pastor… En Berlanga asesinaron a veintinueve. Lo sucedido en Almazán fue terrible: 30 asesinados. Entre ellos, tres hermanos, dos gemelos. Un estudiante de 16 años: Bienvenido Sanz Jiménez. Representante de comercio, funcionarios de correos, jefe de estación, guarda de montes, dependiente de comercio… Si sorprende la edad de dieciséis años, Claudio Moreno me dijo que por la comarca de Arcos mataron a un seminarista de catorce. En casi todos los pueblos de la provincia de Soria hubo asesinados: Vinuesa, Covaleda, El Royo, El Burgo de Osma, San Leonardo, Almarza… Y la capital, donde, entre otros destacados personajes, sacaron, arrastraron, encarcelaron y mataron al doctor Gaya Tovar, intachable persona, padre del escritor y crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño.

En general les enterraban, es decir, mandaban enterrarles, pero en Almazán se dio el caso de tres –Teodoro Antón, Eleuterio Ruiz y otro apodado “El Churri”- que permanecieron cinco días sin enterrar y las zorras y otras alimañas los despedazaron. A los que murieron de esta forma habría que añadir los que desaparecían un año o dos después por las palizas que les habían dado. No contentos con matarles, a las familias les insultaban, les humillaban. Herrero/Hernández recogen este conmovedor párrafo: “En Deza, los falangistas vigilaban las casas de los fusilados, para que no se oyera el llanto de los familiares y no fuera nadie a acompañarles en su dolor. Vigilaban con camisa azul y armados con fusiles. Entre los vigilantes se recuerda a Bautista Martínez y José Gómez. El corazón se encoge y la pluma duda, temblorosa, relatando estos verídicos sucesos”. Una frase muy repetida por los asesinos, cuando los que sacaban de las casas se volvían para recoger una chaqueta, era “no le va a hacer falta”.

En cuanto a los que mataban, delataban y tomaban venganza por cuestiones personales, creo que no hace falta decir mucho, se sobreentiende, y como después no dieron la cara, no se pueden aventurar nombres que por otro lado todos conocemos. No obstante sí habrá que apuntar que los falangistas se dividían en dos grupos: los camisas viejas y los camisas nuevas, como muy se ocupó de apuntar Trillo-Figueroa en las respuestas que fue dando al periódico SORIA SEMANAL cuando comenzó a publicar artículos que después se convertirían en el libro de la Represión en Soria. Los verdaderamente peligrosos fueron los que, de la noche a la mañana, aparecieron con las camisas azules.

En cuanto a los sacerdotes hubo de todo, algunos, como el de Tardelcuende, impidió los fusilamientos, otros retiraban lo que ocupaba espacio para que las iglesias sirvieran de cárcel. El de un pueblo de Tierras Altas iba en un caballo blanco dirigiendo la represión, y aún otros se disfrazaban de guardias civiles.
Los hechos de Fuentebella

Lo de Fuentebella podría haber sucedido en cualquier otro pueblo de Soria, de hecho fueron demasiados los asesinados en la provincia los primeros días del golpe de Estado de 1936, pero concretamente los dos asesinatos que vamos a comentar ahora fueron ejecutados en Fuentebella, un lugar ganadero de Tierras Altas sorianas, deshabitado desde los años sesenta.

En el nº 1 de la revista “Sarnago”, firmado por Ander Cabrero y familia, aparecía un artículo sobre los dos muertos en Fuentebella, Valeriano Antonio Cabrero Santamaría, alcalde de Pitillas, y Valentín Llorente Benito, natural de Igea y maestro de Fitero. La familia daba a conocer parte de los datos y solicitaba toda la información que se pudiera obtener para localizar exactamente la fosa donde ambos fueron inhumados.

Hablé por teléfono con Maite, compañera de Ander Cabrero, prometió enviarme todos los datos, y al otro día recibí un documento por Internet de 92 páginas, incluidas fotos. El trabajo de investigación llevado a cabo por la familia, sobre todo por Ander y Maite, es de los que envidiaría cualquier investigador de carné. Los viajes, el dinero, la búsqueda por Tierras Altas, casa a casa, persona a persona, las llamadas telefónica, los mensajes por Internet, todo, ha sido recogido en ese documento.

Impacto y emoción me ha producido el encontrarme con una búsqueda que ha dejado de ser número, uno más de los desaparecidos, para convertirse en persona concreta, con pasado –poco, pues le mataron con 33 años- pero perpetuado en hijos y nietos que nunca le han olvidado y hoy, 71 años después de su asesinato, están muy cerca de exhumar sus restos y llevarlos al panteón familiar.


Familia Cabrero

Se trata de Valeriano Antonio Cabrero Santamaría, nacido en Pontano (Huesca), en 1903. En 1928 casó con Juliana Urzain Esparza, tuvieron cuatro hijos, y vivieron en Pitillas (Navarra), hasta su huida a la provincia de Soria. En 1931 entró como concejal en el Ayuntamiento de Pitillas donde, dos años después, comenzaría una lucha que le llevaría a la muerte. La eterna lucha del mundo desde que lo es: los ideales unidos a los trabajadores, frente al poder del dinero. No hay más por mucho que se quiera adornar. Los contrincantes eran muy fuertes, nada menos que los caciques del pueblo. El objeto de la lucha, los trabajadores, para quienes reclamaba la formación de una bolsa de trabajo y el reparto de tierras –corralizas- que habían ido a parar a manos de particulares. Para conseguirlo –o al menos denunciarlo- acudió a la prensa, luchó como si en ello le fuera la vida, y consiguió, en las elecciones de febrero de 1936, ocupar la Alcaldía.



Cuando, el 18 de julio, falangistas, carlistas, miembros de la Iglesia, y otros elementos de la extrema derecha, se preparaban para tomarse la revancha de los cinco años de gobierno legítimo de la República, a Antonio Cabrero le avisó un amigo de que carlistas y falangistas escondían armas en las iglesias y que debía huir de Pitillas. En principio se resistió, pero finalmente, por sorpresa, se despidió de su familia y tomó el camino de la muerte. En el final de esa ruta, hasta el asesinato, le acompañaría Valentín Llorente Benito, nacido en Igea y maestro en Fitero.

Al finalizar la guerra, su viuda escuchó que tal vez podrían haber muerto por la comarca de San Pedro Manrique –donde también mataron a hombres por la iglesia del despoblado de Rabanera- y escribió al sacerdote pidiendo información. Dijo no saber nada, pero un tiempo después, en esa villa, al hermano de la viuda le devolvieron algunos objetos personales, entre ellos la célula de identificación, aunque entre ellos no estaban unas monedas de plata y un reloj, todo de su propiedad, que se había llevado de Pitillas, tal vez para poder subsistir y cambiarlo por ayuda.
Cuando se enteraron en Pitillas de que, efectivamente, había sido asesinado, algunos vecinos, además de quedarse sus propiedades, iban hasta la casa de la viuda para cantarles coplillas y hacer burlas sobre su muerte.

En 1978, la familia retoma la búsqueda, no encontrando más que comentarios cortos y silencios largos. Sería en el 2003 cuando, con Ander y Maite al frente, nieto de Antonio Cabrero y su compañera, se reinicia la búsqueda de forma sistemática. El estímulo añadido –pues ellos llevaban dentro de toda la vida, transmitido, el de la injusticia- fue la Resolución del Parlamento de Navarra, que avalaba y suscribía la “Declaración a favor del reconocimiento y reparación moral de las ciudadanas y ciudadanos navarros fusilados y desaparecidos de Navarra a raíz del golpe militar del 18 de julio”. Esta resolución fue suscrita por todos los parlamentarios, a excepción de los derechistas UPN, que se abstuvieron.

Fue en el año 2005 cuando supieron que el asesinato había sido en Fuentebella. Poco a poco, a través de muchas entrevistas con personas mayores, con antiguos habitantes de ese lugar serrano o sus descendientes, que desde hace años residen en Navarra, Logroño, Barcelona…, fueron uniendo el puzzle de los sangrientos hechos.

Dos pastores de Acrijos acudían a Pitillas con el ganado en busca de pastos, y Antonio Cabrero les conocía. En busca de ese pueblo, limítrofe con Fuentebella, se fue el hombre, montes a través, suponemos que escondiéndose a dormir por las majadas. Después se le uniría Valentín Llorente. Estuvieron escondidos en una taina del monte de Acrijos, donde algunos les llevaban la comida que podían y las noticias que sabían. Pero es difícil en comunidades pequeñas mantener cosa alguna oculta. Tuvieron que marchar al monte de Fuentebella, les buscaron, obligaron a la gente a que les dijeran el escondite, y el 3 de septiembre de 1936 fueron asesinados e inhumados juntos.

La parte de la investigación donde aparecen nombres de personas más o menos comprometidas con los hechos, la familia prefiere mantenerlos en secreto, de momento, y supongo que para siempre. Algunos han muerto y la familia no quiere revanchas, casi ninguna familia que busca a sus muertos las quieren, sólo desean cerrar página teniendo a los suyos –a lo que queda de los suyos- en algún lugar donde poderles llevar flores o donde rezarles una oración. Nosotros respetamos ese silencio.

Familia Cabrero

1936. Fusilamientos entre Fuentebella y Sarnago


Estimados/as lectores/as, el propósito de estas líneas es dar a conocer la búsqueda que en nuestra familia estamos llevando a cabo en torno a estos sucesos.
Nuestro agradecimiento desde este espacio que nos brindan, a todas aquellas personas de la zona que nos están aportando con su colaboración y sus testimonios el conocimiento de lo que fueron los últimos 40 días del abuelo y su compañero; así como su final, aproximándonos al lugar donde nos comentan están enterrados. Su final fue una muerte silenciada en el tiempo, su esperado encuentro es todavía nuestra esperanza.


Estallado el Alzamiento militar, los días 18 y 19 transcurren en Pitillas con normalidad controlando el Ayuntamiento la situación. El lunes 20 llegan grupos armados de Olite y ocupan el pueblo. Las iras de la derecha se centran en la figura del alcalde. Por medio del cura le dicen que debe entregar la vara a lo que Cabrero responde que, si lo hace, será en el propio Ayuntamiento. Allí se dirige precedido por un grupo de gente que destrozan los cuadros de Alfonso XIII, Azaña y Alcalá Zamora.

A partir de ese momento varias personas y el propio alcalde Antonio Cabrero huyen de la localidad. De Pitillas 21 vecinos fueron fusilados.

Valentín su hijo mayor, tenia entonces 7 años, pero todavía guarda fresco el recuerdo de los hechos. Nos dice que todo fue rápido, tras un fuerte abrazo y hablar unas palabras con Juliana, salió por la puerta del pajar y se alejó de Pitillas campo a través.
Antonio Cabrero salió de Pitillas y poco más sabíamos de él.

A primeros de octubre de 1936, llegó la noticia, desde San Pedro Manrique a Pitillas, de que a Antonio Cabrero le habían asesinado en esa zona. La familia, en esos días de incertidumbre y miedo, se puso en marcha para interesarse por lo sucedido y recuperar su cuerpo. Un hermano de la abuela viajó a San Pedro Manrique donde le confirmaron la noticia. Le entregaron un cinturón y la cédula familiar que Antonio llevaba en la cartera, pero ninguna respuesta o información sobre lo sucedido ni sobre el paradero de su cuerpo.

En 1940 la abuela Juliana escribió al párroco Luciano Morga pidiendo información, a lo que el párroco le respondió confirmando con certeza la muerte pero diciendo no saber dónde se encontraba el cuerpo, ya que “oficialmente no hay nada”.

A partir de 1978, su hijo mayor (mi padre) reinicia la búsqueda. Durante 30 años recoge algunos datos sueltos que apuntan a Fuentebella como lugar de su muerte. Aprovecha todas las ocasiones en las que encuentra personas de la zona para preguntar. Los testimonios no son claros y el silencio sobre lo sucedido es una constante.

Es a partir de 2005 cuando encontramos a personas de la zona que deciden ayudarnos. Hacemos un primer viaje, con un descendiente de Fuentebella, al lugar donde sucedieron los hechos y nos relata lo que tiene oído. Durante 2006 contrastamos datos y conseguimos saber que el maestro que se encontraba con el abuelo era Valentín Llorente, Igeano y maestro en Fitero.

Desde noviembre de 2006 hasta hoy, hemos encontrado testimonios que nos ayudan a reconstruir con muchos datos lo sucedido. Con algunas personas nos entrevistamos, con otras la comunicación ha sido telefónica y finalmente el correo electrónico funcionó fluido. A través de Internet hemos encontrado las páginas y revistas de vuestros pueblos, permitiéndonos contactar con personas de la zona que nos han acompañado en nuestra búsqueda A todas ellas les agradecemos, en nombre del abuelo, el maestro y nuestra familia sus testimonios y su afecto. Gracias a estas personas la familia ha recuperado la esperanza de encontrar al abuelo y recuperar sus restos.

En Julio de 1936 el abuelo se dirige a Acrijos buscando el apoyo de unas amistades. En el trayecto a esta población, coincide con el maestro el cual se encontraba en similar situación. En su estancia en Acrijos son escondidos en un corral cercano al pueblo. Allí permanecen durante más de un mes siendo asistidos por algunos pastores y vecinos; les dan de comer “de lo poco que tenían” y algunas mantas para abrigarse. También les dan noticias de lo que acontece en la guerra y de “como van las cosas”.

Según nos han contado en Acrijos se dan, por lo menos, dos registros en algunas casas que creían podían apoyarles. Los registros son efectuados por diferentes patrullas venidas de Igea y fueron realmente amenazantes. Finalmente, algunas personas del pueblo trasmiten al abuelo y el maestro el riesgo y el temor de lo que pueda suceder, con lo que les dicen que es mejor que abandonen el municipio.

Es entonces cuando se trasladan a Fuentebella. Allí nos cuentan que permanecen pocos días escondidos en el “corral de la Era de Alonso”. La situación se complica, a pesar de ello, un cabrero de Fuentebella les llevaba a diario comida e información. La noticia de que estaban en Fuentebella llegó a las “autoridades” de San Pedro Manrique. De allí comunican al alcalde que tienen que buscar a los “huidos” y matarlos; Nos dicen que el alcalde juntó a algunos cazadores de Fuentebella y fueron a buscar al Cabrero que les ayudaba. Este se hallaba escondido. Tras amenazar a su padre con una escopeta, lograron que éste les condujera al corral donde se encontraban. Los hicieron salir y los condujeron a la zona de Moscares, siendo asesinados y enterrados los dos juntos bajo unas piedras entre la huerta de Sebastián Ortega y el barranco Pertigoso.

Los últimos testimonios nos han indicado, incluso con planos manuales, el lugar de los hechos. Con el plano en la mano, a finales de abril, fuimos al lugar acompañados por personas de varios pueblos de la zona. Contrastamos sobre el terreno el mapa el cual coincide con el mismo lugar que ya nos habían señalado otros testimonios. El crecimiento de matorrales y los diferentes cantarrales no nos permitieron encontrar el lugar exacto de la fosa, pero sí concretar el escenario de los hechos.

En estos momentos estamos gestionando los permisos correspondientes para poder llevar a cabo la búsqueda sobre el terreno y en su caso la exhumación de los restos, por lo cual agradeceríamos cualquier información al respecto.

Sabemos que estos sucesos fueron conocidos en su día por los habitantes de los pueblos y transmitidos a siguientes generaciones. Os agradeceríamos que habléis del tema con vuestros mayores ya que cualquier dato nos puede seguir facilitando encontrar el lugar del enterramiento. De esta manera, esperamos cerrar esta página de la historia, recuperando la verdad de lo ocurrido y con ello la memoria y dignidad de los todavía desaparecidos Antonio Cabrero Santamaría y Valentín Llorente Benito.

Un saludo, Ander Cabrero y familia.

Para cualquier información, podéis poneros en contacto con nosotros: maizal@cop.es

“Antonio Cabrero Santamaría Alcalde de Pitillas (Navarra) y Valentín Llorente Benito, vecino de Igea y maestro en Fitero, fueron asesinados en septiembre de 1936 en el término de Moscares, (Fuentebella)”