14 de abril de 2012

Ya descansan en Torrellas



Convierte tu muro en un peldaño.
Rainer María Rilke


Todo comenzó hace 75 años. Como un cuento de terror, de sinrazón, de dictadura esquizofrénica que acaba, como decía Octavio Paz, en monólogo y mausoleo.
Sucedió igual en todo el mundo rural donde no había frentes de guerra, ni elementos rojos peligrosos –en el lenguaje de la época-, sólo parvos jornales, minifundio, muchos hijos, ración de rancho, habitaciones compartidas por varios hermanos, y mucha lucha para seguir adelante. No es palabrería, sabemos muy bien, porque conocemos el mundo rural, que eso era así. Los que luchaban, los propios jornaleros que se habían afiliado a algún sindicato, como la UGT o la CNT, lo hacían por proporcionar a todos los trabajadores una vida menos dura, unas horas menos de trabajo al día en detrimento de unos, pero a favor de otros, o sea, el reparto del trabajo, el socorro mutuo.
Eran de izquierdas, naturalmente, no cabía otra querencia política, pero creo a pies juntillas lo que un familiar ha dicho hoy en el homenaje, en la vida habían empuñado un arma, si acaso, digo yo, para cazar y aumentar con ello las proteínas necesarias para el sustento familiar.

Sucedió igual en todo el mundo rural. Con nocturnidad –“¿Qué quiere esta gente que llama de madrugada?”, canta María del Mar Bonet-, un grupo de personas, hombres, gentuza casi siempre con uniforme, boina y pistola, y de pueblos distintos, a veces lejanos de aquel donde se va a cometer  el crimen, va en busca del trabajador que durante los años de la República ha luchado por un mundo menos malo, o se ha destacado como miembro de la corporación, o ha votado a las izquierdas. Ellos, los matadores, sabían el sentido del voto de todos los vecinos, porque los votantes no se escondían, era una democracia, con todos los defectos que se quiera, pero democracia incipiente y quebrada prematuramente. Y si alguno, discretamente, no daba a conocer su voto, los lobos terribles, llegado el momento, lo denunciaban, cuando ya ellos, los lobos, habían decidido que era delito votar en el sentido contrario al Glorioso Alzamiento Nacional.
Delante de sus mujeres, de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos, se los llevaban, y casi siempre, como en esta zona de España refresca por la noche, la solícita madre o mujer les pedía un momento para acercarles una chaqueta, y ellos, henchidos a veces de anís, o de vino, crueles hasta en los nimios detalles, respondían igual: “No le va a hacer falta”. Tremenda frase que daba la magnitud de lo que iba a suceder, todo lo contrario de lo que practicaba ese buen funcionario que hubo en la cárcel de El Burgo de Osma (a quien, por lo que se deduce de la documentación, le hacían romper las órdenes de saca y él las copiaba antes), quien trataba de tranquilizar a los que iban a ser trasladados, dándoles la mano, uno a uno, con un apretón santo y seña de que podían ir tranquilos.

Los mataban en un monte, en un descampado, en las tapias de algún cementerio, y los dejaban allí como no se hace con los animales, sin que en ningún momento algún matador llegara a pensar que esos cuerpos a los que disparaban eran un mundo cada uno de ellos, un mundo repleto de todo, y que esa plenitud la componían muchas personas, la seguirían varias generaciones, todos aquellos que no preguntan por quién doblan las campanas, porque saben que, como parte de la humanidad, doblan por todos.
Así sucedió también, hace más de setenta y cinco años, con unos hombres buenos y trabajadores de Torrellas, pequeña localidad zaragozana, en la linde con Soria.
Mataron a Luis Torres, Marcelino Navarro, Gregorio Torres y Feliciano Lapuente. Y desde entonces, la vida de las familias ha estado marcada por ese hecho. En los pueblos grandes –por ejemplo en Deza (Soria)- donde había fuerzas que vigilaban estrechamente, no se podía llorar a los muertos, no se podía vestir luto. Dicen que los niños son crueles, pienso que esas criaturas que apedreaban a otras, a los hijos de los fusilados, en el recreo o por las calles, lo harían influenciados por la educación que recibían en casa, por lo escuchado delante de la lumbre baja, que tanto ha servido para contar hermosas historias, como para quebrar conciencias o denostar a familias. Recuérdese, si no, la película de José Luis Cuerda “La lengua de las mariposas”.
Pero estas familias, que habrán caminado por la vida con la sombra de la tragedia, no se han olvidado nunca de sus familiares. Sabían dónde estaban, en una parte del cementerio de Ágreda –esas que reservaba la Iglesia para niños sin bautizar, suicidas y rojos-, donde en cuanto les era posible iban a dejar unas flores, y la señora Conce, de Ágreda, familiar también de fusilado, los miraba, medio escondida, desde una ventana que daba a ese espacio que más tarde quisieron –creo que lo hicieron- utilizar de basurero. Menos mal que esa basura no era más que cascotes de las obras en los mausoleos y flores secas de otras tumbas.
En octubre de 2010 se llevó a cabo la exhumación. La Asociación de la Memoria Histórica de Soria, con un incansable y nunca bien ponderado Iván Aparicio a la cabeza, organizó y apoyó. Los encargados de llevarla a cabo y hacer el posterior estudio, fueron miembros de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con Francisco Etxebarria a la cabeza, una Sociedad y un Etxebarria a quienes nunca se les agradecerá bastante el trabajo que están haciendo, por cierto, completamente desinteresado. La Sociedad Aranzadi, que nació a mediados del siglo pasado, y que ha contado entre sus mentores a personas de la talla del padre Barandiarán, nació para el estudio y divulgación de la Ciencias Naturales y la Antropología. Curiosamente sólo tiene dos premios, y ambos de instituciones del País Vasco. No sé si a algún prócer se le habrá ocurrido que tienen bien merecidos muchos premios nacionales, entre ellos el Príncipe de Asturias, en el caso de que lo quisieran, que esa es otra. Se buscaba también a tres vecinos de Vierlas y San Martín, que no fueron localizados, y a dos aviadores republicanos, Antonio Soto y Luis Gil.
El 14 de abril de 2012, día en que se conmemora la proclamación de la II República Española, en el pequeño pueblo de Torrellas, ha tenido lugar un acto ajeno a cualquier sensiblería y pleno de emoción, una emoción colectiva donde no ha tenido cabida ningún sentimiento de venganza ni de revancha. Estén tranquilos aquellos que niegan apoyos y solidaridad hacia estos actos, con el argumento rancio de que abre heridas. Precisamente todo lo contrario, las heridas permanecen abiertas hasta que el ciclo se cierra, después duelen, pero ya no sangran. Y hoy el ciclo se ha cerrado.
Han hablado familiares de los fusilados, cuyos restos han presidido toda la ceremonia, en cuatro cajas idénticas, pequeñas, cubiertas por idénticos ramos de flores. Han hablado, también, Francisco Etxebarria, Iván Aparicio y María Pilar Pérez Lapuente, ejemplar alcaldesa de Torrellas, que no sólo ha dado todo tipo de facilidades, si no que se ha implicado estrechamente en todo el proceso. Especialmente emocionante fue la carta leída a su padre por la hija de Feliciano Lapuente quien, por fin, ha visto cumplido el deseo que ha impregnado toda su larga vida: ver a su padre enterrado en el cementerio de Torrellas. Y la intervención de una sobrina-nieta de Marcelino Navarro, fusilado cuando contaba 17 años.

Las intervenciones han sido cortas, intensas y emocionantes, como digo más arriba, sin rencor y sin odio, y como no podía ser de otra manera, se ha hablado de dignidad, verdad, justicia, reparación, se ha escuchado un “hermanos, no pasarán”, y algunos vivas a la República.
Los intermedios han estado llenos con la música del cuarteto de cuerda del Conservatorio de Tarazona que han interpretado el himno de la República y la Barcarola, de Offenbach, entre otros. Se ha escuchado la Internacional y después, al terminar la inauguración del Parque de la Memoria, agradable espacio dedicado a ellos, a los protagonistas del acto, se ha entonado el “Canto a la libertad”, del zaragozano Labordeta.
Desde aquí, gracias a todos los familiares por vuestro ejemplo y vuestra dignidad, y muchas felicidades porque habéis conseguido aquello por lo que habéis luchado durante tantos años.

19 de enero de 2012

Valentín Cabrero Urzain



Hace ya algunos días que falleció Valentín Cabrera Urzain. Por esos azares de la vida, que nunca deberían darse, Valentín estuvo toda su vida vinculado a las tierras de Soria de una manera dramática. Su padre, Antonio Cabrero Santamaría, alcalde de Pitillas, en Navarra, fue asesinado, junto con el maestro de Fitero, Valentín Llorente Benito, en la aldea de Fuentebella, pueblo ya abandonado de la comarca de Tierras Altas.
Fue, para la mayoría, un episodio más de la guerra fratricida que dividió a los españoles. Para Valentín y su familia, sería el episodio que marcaría para siempre sus vidas y les indicaría el camino a seguir, por encima de la existencia de cada cual, fluctuando siempre sobre su cabeza y marcando los corazones. Un sin vivir que a la vez les empujaba a hacerlo, un camino que debía dirigirles hacia la verdad de lo sucedido y, a poder ser, la recuperación de unos restos. Un drama que han vivido, y en muchos casos siguen viviendo, cientos de familias de estas tierras sorianas, y miles en todo el territorio español. Un drama que, no se alcanza bien a comprender por qué, no provoca toda la empatía y toda la solidaridad necesaria, y se recurre con frecuencia a la invocación del olvido, como si esa facultad nos viniera ya en los genes. ¿Por qué han de olvidar las familias?, y ¿cómo hacerlo?
Valentín no pudo olvidar nunca, y sus hijos tampoco. Con Ander y Maite a la cabeza, durante años, cuando ya se pudo acceder a archivos, o requerir información a los descendientes de aquellos habitantes de Fuentebella y Acrijos, lo hicieron. Pero los asesinatos con nocturnidad no quedan registrados en los papeles. De aquellos años muchos querrían borrarlo todo, y en muchos casos, no porque la conciencia se les haya conmovido –habrá otros que sí- si no porque, humanos al fin y al cabo, los temores a ser descubiertos forman parte también de esa humanidad, por malvada que sea.
Antonio Cabrero y Valentín Llorente se vieron obligados a esconderse como los animales de unos congéneres suyos que les buscaban para cazarles como tales. Hasta que lo consiguieron. No cabe mayor iniquidad. Pero así fue en tantos casos, en demasiados. Los caínes del mundo que han sido, son y serán, no entienden de sentimientos buenos, de los malos andan sobrados, y Antonio y Valentín morirían pensando qué era eso tan malo que les conducía hacia la nada.
Ahora otro Valentín, Valentín Cabrero, ha muerto sin haber podido recuperar los restos de su padre, un hombre valiente que luchó por los derechos de los más desfavorecidos en contra de la soberbia de los caciques malos –buenos los había en tribus lejanas-. Lucha imposible que Valentín no llegó a comprender. Nunca el pobre, el desheredado, gana al rico y prepotente. Si acaso se van conquistando pequeñas parcelas que nos pertenecen por el hecho de estar aquí. Por eso las guerras.
Ander y Maite seguirán la lucha, seguirán buscando, esparcirán las cenizas de Valentín Cabrero en los barrancos de Fuentebella, pondrán flores sobre la placa que ya le colocaron. Pequeños gestos para aliviar el dolor, mientras llega, si es que llega, la Justicia y la Reparación.
Más que nunca desear a Valentín Cabrero la paz en la nada que no llegó a alcanzar en la tierra. Y todo el oprobio para aquellos que frenan la necesidad de esa Justicia que sería lo único que podría tranquilizar a los descendientes de todas aquellas personas. El olvido no, eso nunca, primero porque es imposible, y después porque el olvido que practican los responsables de aquel genocidio, es un intento de quitar a los asesinados y a sus familias la dignidad que ellos ni conocen ni merecen.